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De Ca Barceló a Bar Villalobos

La muerte tiene muy buena memoria, nunca se olvida de nadie. Por el contrario, los vivos, ocupados en sus mil y un avatares diarios, olvidan más fácilmente, como es natural. Regresar a Elche me obliga a recordar; acontece que ese archivo virtual de la memoria, donde guardo los recuerdos de mi infancia, adolescencia y juventud, se abre como si fuera la caja de Pandora del subconsciente. Básicamente, recuerdo, aunque no tenga la menor intención. Y no porque no quiero tener nostalgia de aquellos días, pero con el tiempo, me he vuelto menos sentimental, supongo que por cuestiones de supervivencia emocional.

Hacía casi dos años que no iba a mi querido Elx. Pero el pasado verano, pasé dos semanas en Arenales del Sol, y dos tardes en la ciudad de las palmeras. Ya era tiempo de visitar a la familia y pasar tiempo con amistades de estos lares. Al caminar por las calles adyacentes a la Glorieta, recordé un lugar muy especial para mi familia, para mí, y que, sin duda, forma parte de esos recuerdos de mi infancia y juventud. Y no importa que hayan pasado casi 19 años desde que vivo en California, Estados Unidos, para que esos recuerdos me abrumen de forma inesperada. El lugar al que me refiero es un bar, restaurante, tienda y cafetería, con más de ocho décadas de existencia, regentado por lo menos por seis generaciones de ilicitanos, que ha dado de comer a miles de almas ilicitanas por muchos lustros, incluyendo los años de bonanza económica y de penuria. Y es que el Bar Villalobos es como la Puerta de Alcalá madrileña, ha visto pasar el tiempo y su inexorable efecto en su ciudad y habitantes, desde que abrió sus puertas en 1932. Considero que el Villalobos es un baluarte de la cotidianidad y costumbres del ilicitano de a pie, que, con entereza y humildad, se levanta cada día temprano para empezar la jornada. Sin lujos, sin pasar por extremos, el bar nunca ha perdido su identidad y ha sido genuino a sus principios. Y nunca se ha olvidado de la gente del Camp d’ Elx. Quizás, porque su dueño originario, Don José Barceló Bru, quien comenzó con el bar unos metros más hacia delante en la calle Empedrat antes de hacerse el traspaso, provenía de la partida de Jubalcoi. Y les puedo asegurar que Don José nunca olvidó a sus vecinos del campo, aunque se mudara al “poble” Elche, después de cumplir sus 50 años, principalmente porque él había enviudado y su segunda esposa quería vivir en el centro de la ciudad.

La mayoría de los ilicitanos del Camp d’ Elx, sobre todo los de edad madura, recuerda que el bar Villalobos lo nombraban anteriormente como Ca Barceló. Recibía ese nombre porque era el apellido de un exiliado del campo de Elche que comenzó un bar-supermercado, más conocido como “tendeta”. Don José Barceló era un ilicitano de pura cepa y su hazaña ocurrió hace casi 80 años, en plena posguerra, cuando los alimentos eran más escasos y la sociedad ilicitana, como la de otros lugares del país, era mucho más sencilla. En ese bar, Don José despachaba bocadillos, roscas como le decían por esos años, aperitivos, bebidas, cafés, y su especialidad: el bocadillo de atún con tomate, el de “tonyina en tomaca” como él decía. El pan era un alimento esencial en aquellos años de escasez. Lo particular del lugar es que todo lo que se vendía, despachaba o se servía en ese bar provenía exclusivamente del Camp d’ Elx, así que, de igual manera, la clientela del bar comenzó siendo gente del campo. Pero el señor Barceló presentaba todos sus productos como “lo mejor de los mejor” porque su materia prima provenía del campo, donde el nació, y lo alababa con devoción. Insistía que uno de sus principios era que se debe vender con humildad y sin precios disparatados. Lo curioso es que esos principios continúan rigiendo en el hostal del bocadillo de atún por excelencia, porque este verano, en el anonimato, me zampé una rosca de “tonyina en tomaca” y me supo a gloria. El servicio fue bueno y el precio económico, y el bar ahora es, sin duda, un gran forofo del Elche Club de Fútbol. No pregunté por ninguno de los familiares de Vicente Villalobos, porque lo que me interesaba era saborear ese bocadillo con una tapa clásica ilicitana, y mi apellido todavía delata que soy familia de Don José Barceló.

De Ca Barceló a Bar Villalobos
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